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Píntalo de negro

Por Daniel Salinas Basave

Veo una puerta roja y la quiero pintar de negro, cantan los Rolling. Podría decir también que estoy escribiendo una historia incolora y de pronto, como no queriendo mucho la cosa, empieza a tomar un color oscuro, una tonalidad sombría que sin decir agua va, degenera en un descarado prieto azabache. ¿La negritud es una decisión consciente? No lo creo, o al menos no en mi caso. La narrativa toma su propia vereda y de pronto uno repara en que esos párrafos furtivos se engalanan con su falda de tinieblas.

Si le hacemos caso al canon estaremos de acuerdo en que para poder pintar de negro una narración debemos necesariamente embarrarla de lo sórdido y lo marginal, lo mórbido y lo violento. Resolver un crimen perfecto y diseñar una inteligentísima teoría de habitación cerrada con su respectivo mayordomo elegante y la seductora viuda fatal se lo podemos dejar a Agatha Christie. Si el asunto es empaparse de Noir a lo Chandler o Hardboiled a lo Ellroy entonces basta con sumergirse en los puercos fondos de una urbe sanguinaria y corrupta en donde el hampa vive en indigno amasiato con la policía y algo sé yo de una ciudad así. Al momento en que escribo estas palabras, en la agonía de la primavera 2017, se han cometido en Tijuana más de 650 asesinatos en apenas cinco meses. Ello arroja un promedio de cuatro homicidios por día. Si este promedio se mantiene (y la macabra tendencia apunta al incremento) mañana serán asesinadas cuatro personas en esta ciudad. Cuatro personas que en este momento respiran, hablan, piensan, beben, cogen, roncan, sueñan y mañana ya no lo harán. Cuatro personas detrás de las cuales hay una historia, un camino de vida que los llevó hasta esa trágica encrucijada. Si la ciudad ha sido por definición mi territorio narrativo, tengo sólidas razones para poner en duda si por ventura sería posible utilizar a la Tijuana actual como escenario de una narración y no pintarse  de negro. No es fácil eludirlo cuando el Noir es nuestro costumbrismo. La novela negra en la Tijuana actual se emparentaría con las postales de lo cotidiano, un ritual de happening puro. 

Chandler mismo tiene su propio decálogo en donde habla de verosimilitud, solidez, realismo, sencillez y honestidad. Podría inventar una historia y decir que sobre mi mesa de trabajo (que es la mesa del comedor de mi casa) hay un retrato de Marlowe con un par de veladoras encendidas y que antes de liberar cada párrafo le pido ilumine mi negro camino narrativo, acaso porque nunca en la vida me he sentado a escribir habiendo diseñado a priori un plan para redondear un Noir perfecto. 

¿Hay algún objeto o suceso que dispare las ideas? Podría hablar de inspiraciones recurrentes, destellos de infiernos individuales que emergen como aletas en la altamar de la vida cotidiana. Una mirada, un sonido o un olor pueden anunciar la presencia de un mundo paralelo que preferirías no conocer. Hay quienes como Chandler, Camilla Lackberg o P.D. James han compartido decálogos de escritura. Acaso desde mi humilde trinchera me sea dado improvisar una hipotética galería de la negra inspiración, un catálogo de situaciones e ideas sembradoras de semillas que en una duermevela cualquiera pueden hacer germinar algún mórbido fruto Noir.