Infobaja

El embrujo de La Rumorosa

Por Daniel Salinas Basave

Hay una suerte de embrujo en el acto de cruzar La Rumorosa; el embrujo de quien atraviesa un umbral hacia otra dimensión. Influye por supuesto el entorno y la sensación de estar  inmerso en un paisaje de ciencia ficción, como si de repente nos transformáramos en personajes de Crónicas Marcianas de Ray Bradbury. También el vértigo de viajar con la muerte como copiloto. Basta mirar al fondo de los precipicios donde las retorcidas láminas de decenas de automóviles desbarrancados son lápidas de un improvisado cementerio que crece con el transcurrir de los años. Por supuesto, con una historia infestada de accidentes fatales, no faltan los relatos de fantasmas y aparecidos que una noche cualquiera irrumpen entre la niebla y levitan en medio de la carretera.

Si el viaje es de bajada de Tecate a Mexicali, la sensación es la de haber descendido a una suerte de infierno terrestre. En el poblado de La Rumorosa y en Vallecitos suele nevar en invierno y la temperatura tiende a ser fresca aún en las noches de verano, pero tras descender los 20 kilómetros entre curvas suicidas se llega de golpe y porrazo a la Laguna Salada, uno de los parajes más calientes del planeta. A partir de ese momento todo será desierto. Cuando el recorrido es a la inversa, la sensación es de escapatoria y refugio, un repentino y radical ascenso que deja atrás el averno para entrar a la dimensión desconocida. 

La Rumorosa fue la barrera natural que durante años aisló a la zona costa de Baja California. Al puerto de Ensenada se llegaba por mar y no por tierra y en aquellas soledades californianas se vivía inmerso en una dulce saudade peninsular, una sensación a medio camino entre el aislamiento y la liberación.

A las Californias les gusta envolverse en su traje de leyenda. Desde las islas pobladas de amazonas de las Sergas de Esplandián hasta la fiebre del oro, el llamado de esa tierra ejerce su juego de seducción. Los aventureros y los buscavidas se arrojan en pos de un mundo donde habitan la fortuna y la utopía. 

Esa utopía yace en una península que hace menos de ocho millones de años fue arrancada por la furia oceánica de la plataforma continental sonorense y hace menos de cinco millones de años se elevó desde los bajos marinos del litoral del Pacífico. Muchos milenios antes de que Tijuana fuera el espejismo o la estación de paso de los náufragos y los cazadores de nuevos destinos, ahí estaba un estrecho y largo valle donde confluyen los cauces invernales de tres ríos en su trayecto hacia el estuario donde desembocan en el Pacífico, rodeados por una anárquica topografía donde se amontonan cerros, lomeríos y cañones en donde las frías brisas marinas mutan en una terca neblina que cubre bajo su sábana el joven litoral. Después de dos mil millones de años de ser fondo oceánico, la franja de lo que muchos milenios después será San Diego, Tijuana, Ensenada y San Quintín emergió de las aguas. Doncella que surge del mar, reza el Canto a Baja California en alusión a la que es considerada una de las formaciones geológicas más jóvenes de la Tierra.