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Quinteto de negritud

Por Daniel Salinas Basave

¿Hay algún objeto o suceso que dispare las ideas a la hora de escribir relato o novela negra? Podría hablar de inspiraciones recurrentes, destellos de infiernos individuales que emergen como aletas en la altamar de la vida cotidiana. Una mirada, un sonido o un olor pueden anunciar la presencia de un mundo paralelo  que preferirías no conocer. Hay quienes como Chandler, Camilla Lackberg o P.D. James han compartido decálogos de escritura. Acaso desde mi humilde trinchera me sea dado improvisar una hipotética galería de la negra inspiración, un catálogo de situaciones e ideas sembradoras de semillas que en una duermevela cualquiera pueden hacer germinar algún mórbido fruto Noir.

1. La omnipresencia de la muerte. La muerte siempre ha estado ahí, blanca, en la silla, con su rostro. La puedes ubicar en la primera página de El luto humano  de Pepe Revueltas o en el más alegre y ñoño de tus días y la única certidumbre es que la parca estará ahí, caminando a tu lado muy cerquita, siempre a punto de tocarte el hombro. En mi caso, la omnipresencia de la muerte como única compañera es el disparador no solamente de las historias negras, sino de cualquier forma de creación literaria.

 

2. El permanente enfrentamiento entre dos verdades.  El crimen de alto impacto o el crimen político suelen transformarse en una serpiente bicéfala que arroja una parca verdad oficial estructurada en lenguaje leguleyo y una verdad callejera que a menudo bifurca en infinitas leyendas. Cuando el periodismo topa con la pared de un expediente cerrado, entonces brota la negra fábula como única ruta de escape.

3. La intuición de infiernos individuales a través de las miradas. Dedica un par de segundos a leer la mirada de un extraño en un lugar público. Demasiados ojos son ventanas donde asoman avernos interiores. Los seres en apariencia más ordinarios e insulsos ocultan espeluznantes historias. A veces me basta la expresión de un rostro en la fila de un supermercado para dimensionar el horror en estado puro.

4. El fluir de ríos subterráneos. El crimen siempre está ahí, a la vuelta de la esquina. Algunas veces se manifiesta con desparpajo, pero lo común es que fluya como un río subterráneo, un abismal hoyo negro yaciente bajo una delgadísima capa de hielo siempre a punto de romperse. Muchas veces en tu vida has pasado afuera de una casa de seguridad donde un secuestrado aguarda la mutilación o la muerte o te cruzas en la calle con el hombre que será ejecutado esta noche o acaso con su ejecutor.

 

5. La eternidad del altar sacrificial. Aún en la época más maquinal y utilitaria donde todo parece supeditado a los designios del mercado y la tecnología, pervive un primitivo y oscuro impulso ceremonial. Sergio González Rodríguez dimensionó como nadie el sentido ritual de no pocos crímenes. El segar una vida no es solamente un acto con fines prácticos, sino un ritual de sacrificio, un símbolo, una liturgia de sangre. No basta con eliminar; cada crimen es en sí mismo una liturgia. Nada errado andaba De Quincey: el asesinato es una de las bellas artes.