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Ritmo cardiaco escritural

Por Daniel Salinas Basave

¿Es siempre la creación artística el resultado de un arrebato? ¿El creador transgrede un umbral más allá de lo racional? Lo mío es un perpetuo dilema entre escritura apolínea y escritura dionisiaca. Después de una malgastada juventud en donde cedí a Dionisio la potestad sobre mi magra escritura cuentagotas, llegué a la conclusión de que el quehacer literario es asunto de Apolo. Creí atravesar una frontera cuando concluí que ser escritor no es distinto de ser carpintero o albañil.

Uno puede ponerse a escribir con el mismo ánimo y disposición mental de quien corta madera o coloca un ladrillo encima de otro. Uno se sienta, teclea y la escritura fluye. Hasta es posible ponerse metas o medidas como respetar un mínimo de palabras diarias o nunca escribir menos de dos horas. Pensé que podía y en algún momento salió bien. Fui capaz de escribir en escenarios adversos, en ruidosas oficinas donde tecleaba fingiendo desahogar un pendiente laboral impostergable. Escribí en medio de reuniones y compromisos sociales, con mil y un ruidos de fondo, con una legión de distractores. 

Quienes hemos trabajado en un periódico sabemos bien que silencios y soledades son lujos a los que la tropa tundetecla no podemos acceder tan fácilmente. Claro, siempre estuve consciente de esa necesaria ventanita abierta a la locura, de esa pizca de alucinación tan necesaria para para hacer fluir un texto, pero en mi fase apolínea quise hacerme creer que bastaban solo unas gotitas de salsa dionisiaca para sazonar el platillo final. Quedarse esperando el arribo de las hadas de la inspiración o los demonios del poeta maldito es propio de flojos, de conformistas atenidos a la ley del mínimo esfuerzo. Así quise creerlo y así me sostuve en los últimos cuatro años en que he podido ser una máquina productora de párrafos aceptables, capaces al menos de no naufragar y llegar al puerto seguro de la última página.

Alguna vez he comparado la escritura con el ritmo cardiaco en una rutina constante de ejercicios. Cuando llevas cierto tiempo acudiendo diariamente a un gimnasio, llega un momento en que la elíptica o la caminadora no cansan. Los latidos del corazón y la irrigación de la sangre van en plena sintonía con el movimiento de piernas y brazos. El agotamiento no existe. Simplemente corres, sudas y fluyes.

¿Es el creador un poseso? En cualquier caso, es inevitable ceder a la tentación de pensar en un ente externo apoderándose de nuestros sentidos y nuestra voluntad. No soy por supuesto el primero en imaginar e invocar a la tercera persona creativa. El demonio, el fantasma, el duende, el espíritu o esa cosa sin forma y sin nombre que de repente se desdobla y toma tus manos ha obsesionado a no pocos creadores. ¿Es la locura que viene de las ninfas a la que se refiere Calasso? No lo sé. Tú eres una suerte de piloto automático y alguien más escribe por ti. Una voz te dicta palabras y construye personajes mientras tú te limitas a obedecer.