Infobaja

La guerra de los símbolos

Por Daniel Salinas Basave

¿A quién le importa una estatua? ¿En qué diablos nos puede afectar la existencia de un monumento o el nombre de una calle o escuela? Aparentemente, en nuestro mundito hiper digitalizado tan aferrado a lo novedoso, lo breve y lo inmediato, el pasado es un asunto aburridísimo en el que no vale la pena perder el tiempo. ¿Quién va a ponerse a discutir por cosas que sucedieron hace siglo y medio?

Lo cierto es que aunque la gran orgía de la inmediatez y el tren bala del aquí y el ahora parecen ser amos y señores de nuestra vida, la Historia y sus símbolos irrumpen para recordarnos su condición espiral. La Historia no es una línea vertical ni es un avión sin boleto de regreso. 

La sangre derramada en Charlottesville, Virginia, tuvo su origen en una polémica por el retiro de un monumento. La defensa de una estatua del general confederado Robert E. Lee, sacó a la calle a los supremacistas blancos.

Siempre me ha llamado la atención la relación que Estados Unidos guarda con la memoria de su Guerra Civil. Pese a que temas tan sensibles como la esclavitud y el racismo están de por medio, los sureños derrotados nunca se han quedado callados ni han guardado sus símbolos en el armario. Cuestión de ver el uso tan libre y casi lúdico que se le ha dado a la polémica bandera de la Confederación que aún suele ser izada en algunos estados y que aparece lo mismo en el carro de los Dukes de Hazzard (que por cierto se llama General Lee)  que en los conciertos del grupo de rock sureño  Lynyrd Skynyrd o también en los de bandas metaleras como Pantera y Hellyeah, por mencionar algunas. La Navy Jack, como se le conoce popularmente, también suele estar  en las armerías y para otros es un ícono de la música country cuya exposición es algo normal que no acarrea consigo ningún elemento desafiante u ofensivo.

Sin embargo, hay millones que no olvidan que esa bandera representa a los partidarios de la segregación y el esclavismo. Lo mismo sucede con los monumentos y homenajes a los caudillos del bando sureño. En Estados Unidos hay al menos 719 monumentos que rinden homenaje a los derrotados de la Guerra de Secesión y existen 91 escuelas que llevan el nombre del general Robert E. Lee. 

Hoy el asunto vuelve a subir al centro de los reflectores y las tensiones del pasado se tornan sensibles. Hay quien dice que con Donald Trump resurgió el racismo en Estados Unidos y rebrotaron los grupos defensores de la supremacía blanca. Mentira. El racismo es un virus que ha sido resistente a los antídotos y los promotores del odio supremacista siempre han estado ahí. La gran diferencia es que ahora se sienten representados en la Casa Blanca y ya no les da vergüenza salir a la calle.  Con Trump simplemente salieron del closet  y se exhibieron con brutal desparpajo los racistas que hasta hace poco se mantenían con un perfil discreto o moderado. El pasado nunca muere, solamente muta. Los monumentos representan algo más que bronce embarrado por excremento de paloma.