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Trivializar el horror

Por Daniel Salinas Basave

En el libro La vida y la muerte en tiempos de la Revolución,  de José Luis Trueba Lara, leo un pasaje sobre unos niños que durante la Decena Trágica descuelgan el cuerpo de un ahorcado para robarle la ropa, el cinturón y las pocas pertenencias que pudiera traer en los bolsillos. A los pequeños no les aterraba ni les parecía anormal mirar un cadáver colgando de una soga, con la lengua de fuera, el rostro púrpura y los ojos petrificados en la última expresión de horror. Después de los combates tocaba el turno a la rapiña y junto con las bandadas de zopilotes que tomaban por asalto los campos de batalla, irrumpía el pobrerío, a menudo mujeres con niños que se dedicaban a desvalijar los cuerpos de los soldados caídos. Anillos, collares, dientes de oro, ropa y hasta calzoncillos pasaban a las manos de los pepenadores. La muerte era algo tan cotidiano que la gente simplemente perdió su capacidad de asombro y se las arregló para sacarle provecho a esas macabras condiciones de vida.

Hace unas cuantas semanas, un hombre se ahorcó en el patio de una casa de la colonia Constitución de Rosarito. Dado que no estaba en una habitación cerrada, el cuerpo colgado podía verse desde la calle. La visión hubiera aterrado a cualquiera, pero resulta que hubo niños que se tomaron selfies, posando con el ahorcado en el fondo de la imagen. A finales del mes de julio vi el cuerpo desnudo de un hombre degollado que yacía en un costado de la carretera Escénica frente al Centro de Convenciones. Los automovilistas disminuían la velocidad o de plano se detenían para tomarle fotos. El morbo aún no ha muerto pero la capacidad de sorpresa brilla por su ausencia en Tijuana. ¿Qué es un muerto más o un muerto menos?

En ese sentido nos estamos pareciendo cada vez más a las personas que descolgaban ahorcados y desvalijaban soldados caídos en la Revolución. La masacre forma parte de nuestra vida cotidiana y cuando un fenómeno se repite sin parar y hasta el hartazgo durante todos los días del año,  la reacción natural es trivializarlo y restarle importancia.

En Tijuana han matado a más de mil personas en lo que va del 2017, más los que se acumulen el día de hoy mientras escribo esto. Aterra decirlo, pero la única certidumbre es que esta tarde o mañana serán asesinadas tres o cuatro personas que en este momento aún viven. Seres que hoy respiran, comen, hablan, sienten y que dentro de unas horas ya no lo harán. Matar es fácil en Tijuana y debe ser muy barato. Los asesinos actúan con total cinismo y desparpajo porque saben que no les va a pasar nada. Los muertos serán amontonadas dentro de una cómoda generalización que las ubica dentro de una guerra de narcomenudistas, aunque entre las víctimas haya muchísimos que ni la debían ni la temían, entre ellos casi un centenar de mujeres y siete niños.

Por lo que al público de este teatro del horror respecta la única certidumbre es que somos iguales a nuestros ancestros. Ni somos más piadosos y conscientes ni es cierto que hayamos refinado nuestra crueldad e indiferencia. La condición humana simplemente se adapta a las circunstancias y hoy, queramos o no, nos hemos acostumbrado a convivir con lo macabro.