Infobaja

Reportear en el país de no pasa nada

Por Daniel Salinas Basave

En el gran ágora digital sobran los escándalos, las mutuas acusaciones y las noticias bomba de relumbrón,  pero por desgracia el buen periodismo de investigación sigue siendo atípico. La Estafa Maestra, el reportaje realizado por el portal Animal Político en coordinación con Mexicanos Contra la Corrupción, es una pieza atípica en estos tiempos, un verdadero diamante en carbón.

Todo mundo acusa, pero casi nadie se toma el trabajo de bucear a fondo en los archivos donde se pueden obtener pelos y señales de la corrupción. Lo que el reportaje revela no es cualquier cosa: estamos hablando de un desvío de al menos 192 millones de dólares en donde están implicados la Secretaría de Desarrollo  Social, Pemex, Fovissste, el Registro Agrario Nacional y el Banco Nacional de Obras en posible complicidad con ocho universidades públicas con quienes contrataron empresas fantasma. Los 192 millones simplemente desaparecieron, se los tragó la tierra y aquí no ha pasado nada.

En teoría, en un país de leyes e instituciones tendría que pasar algo a partir de esta revelación. La mala noticia es que vivimos en el país de no pasa nada. Paradójicamente, el gran aliado de la corrupción en este caso es la cotidianeidad y multiplicidad de los escándalos. Es tanto el ruido, que un escándalo más no hará diferencia. El detalle es que aquí estamos hablando de periodismo de investigación de alta escuela, aunque para fortuna del gobierno muchos no serán capaces de distinguirlo. Como hablar de corrupción es nuestro pan de cada día, mucha gente no sabrá marcar la diferencia entre un reportaje tan bien trabajado y una de tantísimas noticias falsas. El exceso de mala prensa opera aquí a favor del gobierno. Qué tanto daño les puede hacer otro bombazo periodístico, si igual ya  salieron ilesos de la Casa Blanca, el condominio de lujo en Miami y tantas noticias que han sido la comidilla del sexenio para después quedar en el olvido.

Lo hecho por Animal Político es una verdadera rareza porque en los tiempos de la tiranía de la inmediatez, nadie tiene el tiempo ni la paciencia para investigar. La labor de un buen reportero de investigación se parece muy poco a una película de acción de James Bond y mucho a la de un abnegado copista medieval que trabaja enclaustrado. El investigador debe tener la paciencia para leer mil y un informes y expedientes que a menudo no llegan a nada y además debe manejar el críptico lenguaje de las finanzas públicas para seguir la ruta del dinero.

En la era de la aceleración, cuando los medios pelean en carreras de ratones por postear una noticia bomba un minuto antes que el competidor aunque no esté comprobada, casi nadie invierte varios meses con la lupa en la mano. Tampoco sobran los medios que quieran pagar un reportero que durante un tiempo estará fuera de circulación enfocado en seguir un rastro financiero que tal vez lleve a un callejón sin salida. Lo peor es que una vez publicada la investigación, son pocos los que de verdad la leen, pues no estamos acostumbrados a los textos de largo aliento. Preferible el meme o el notición morboso plagado de adjetivos que se agota en cuatro párrafos y se olvida a los cinco minutos.

Aquí lo peor que puede pasar, es que otra vez no pase nada.