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El temblor como metáfora

Por Daniel Salinas Basave

El temblor es una metáfora de nuestra vida. Tan frágiles son nuestros cimientos y columnas existenciales que pueden derrumbarse de un segundo a otro. Nada de lo que crees firme lo es realmente y hace falta muy poco para echarlo abajo. Somos velas en la tormenta, cenizas en el viento. Lo extraordinario es que cuando nuestro mundo se cae a pedazos puede irrumpir una fuerza desconocida. La tierra se movió y desde entonces no hablamos ni pensamos en otra cosa. De pronto tomamos conciencia de nuestra vulnerabilidad, pero también de nuestra fortaleza.

Lo innegable es que este sismo tendrá réplicas políticas y sociales en el corto y mediano plazo. ¿De qué manera canalizaremos esta erupción de solidaridad y empatía? 

En momentos como éste queda claro que los mexicanos no somos un volcán apagado. El Mito del Eterno Retorno consuma una cruel espiral 32 años después y aunque el México al que hoy sacude este temblor ha cambiado mucho con respecto al de 1985, es un hecho que la solidaridad se mantiene intacta. Decenas de miles de jóvenes que no habían nacido en el primer 19 de septiembre hoy están levantando escombros y reuniendo víveres. México no está anestesiado ni los millenials son una pandilla de apáticos. 

Lo interesante ahora es lo que pueda pasar en los meses siguientes. Es un hecho  que el terremoto de 1985 contribuyó en gran medida a la caída del régimen de partido único en México. En aquel entonces el todopoderoso gobierno era incuestionable y el terremoto exhibió con desparpajo su debilidad e incompetencia.

El descomunal abucheo que se llevó Miguel de la Madrid durante la inauguración del Mundial México 86 fue el termómetro del descontento. Carlos Salinas de Gortari perdió la elección de 1988 a manos de Cuauhtémoc Cárdenas y de no ser por Manuel Bartlett (el nuevo amigo de AMLO) y su “caída del sistema” el PRI se habría derrumbado con doce años de anticipación.

A diferencia de lo que sucedía en 1985, a Enrique Peña Nieto el temblor lo encontró ya en calidad de cadáver político y aunque su respuesta no ha sido tan deficiente como la de Miguel de la Madrid, lo cierto es que con o sin sismo su régimen parece estar condenado a la derrota y al desprestigio.

Hoy el edificio que luce grietas y cuarteaduras no es el del gobierno, sino el de los partidos políticos. Ya no basta con castigar a un partido en el poder como en el 85, sino con acabar de una vez por todas con los privilegios de una casta de vividores.

Por lo pronto, parece ser que ya se ha ganado una pequeña batalla, pues obligados por su terrible desprestigio social, los partidos políticos están siendo orillados a renunciar a una parte de su millonario financiamiento electoral. No lo hacen por solidarios o por buenos samaritanos, sino porque ya están viendo la tempestad y deben arrodillarse. Es un primer paso y parece que va a concretarse. El reto está en saber canalizar la solidaridad y la rabia. No basta con castigar. Al reconstruir lo que se derrumbó estamos construyendo una nueva forma de vivir y ejercer nuestro rol de ciudadanos.