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Biblioteca Brautigan

Por Daniel Salinas Basave

Aunque no es muy extensa yo tengo también mi propia Biblioteca Brautigan integrada por manuscritos que no resultaron ganadores en concursos donde he fungido como juez. Casi por regla general en todo certamen hay siempre dos o tres trabajos con el nivel para ser ganadores, pero como sólo uno puede llevarse el premio entonces es preciso sacrificar. Yo suelo seleccionar tres o a veces hasta cinco trabajos y a la hora de cotejar con los otros integrantes del jurado vamos descartando opciones hasta encontrar uno que nos haga coincidir a todos.

Lo inevitable es no sentir tristeza cuando estás ante un texto que tiene todos los méritos para ser publicado y trascender, pero no resultará ganador. Duele, porque hueles el oficio, la solidez y la pasión que hay en él e intuyes, porque conoces la inequidad de este mundo letrado, que muy posiblemente no vea nunca la luz. Es en casos así cuando guardo el manuscrito. Dado que mi biblioteca está saturada no puedo darme el lujo de conservar demasiados, pero a veces me duele la idea de arrojar a la basura un borrador que fue capaz de decirme algo. 

No es verdad que uno encuentre todos los días y en todo concurso un montón de sublimes manuscritos, pero creo que sí existe una pequeña cuota de inequidad más o menos constante.

Uno de los clichés favoritos del universo literario es el de la obra maestra empolvada que yace en calidad de garabato en un viejo cuaderno. Uno imagina una ignota biblioteca en donde habita el equivalente a un Shakespeare, un Dante o un Borges de cuya existencia jamás tendremos noticia, una constelación de mil y un libros sublimes condenados al absoluto anonimato. Vaya, sabemos de Kafka gracias a que su amigo Max Brod no cumplió la orden de quemar sus manuscritos, pero acaso hubo otros diez como Franz cuyos papeles fueron en efecto destruidos o simplemente no encontraron nunca un lector a quien maravillar.

En su relato titulado Aborto, el contracultural narrador estadounidense Richard Brautigan habla de una hipotética biblioteca que solo admite manuscritos rechazados por editoriales. La biblioteca se hizo realidad poco después del suicidio de Brautigan en 1984 y actualmente existe en Vermont, donde los papeles apilados son sostenidos con tarros de mayonesa (una de las obsesiones del autor).

La experiencia me ha enseñado que en casi todo concurso más de la mitad de los manuscritos son prescindibles y no tienen posibilidad alguna. También he aprendido que un montón de libros publicados (y aún premiados) tienen pocos o ningún mérito. 

La fábula se ha transformado en cliché y ha poblado las fantasías de genios incomprendidos y editores: el fortuito encuentro con un sublime manuscrito empolvado destinado a convertirse en obra maestra. Como todas las leyendas de tesoros ocultos, esta tiene su buena dosis de alucinación pero tampoco es imposible. Hay diamantes condenados a habitar a perpetuidad en el carbón, los libros inolvidables destinados a ser leídos por tres o cuatro personas en el mundo. Así las cosas, así la vida.